sábado, 20 de octubre de 2018

EL TROVADOR: "PUESTA DE SOL DESDE EL CONVENTO"

Por Máximo Salomón Román

           El Trovador de Arroyo de la Luz
“Antes que éramos vivos, veníamos al huerto del Castillo a por los higos,
Ahora que somos muertos, venimos a por el “tío pelituerto”
Esta pequeña trova la escuché cuando contaba seis o siete años, al calor de una de las lumbres que, usualmente, hacíamos junto a la pared del “huerto Plata” (hoy propiedad de colegio de las Monjas). Un vecino, Germán Molano Solana, de la familia de “los carruchos”(con todo el cariño) con cierto aire misterioso y. aún más, entusiasmado, nos relataba a los presentes una historia arroyana que, al parecer, había sido legada de generación a generación, de su abuelo a su padre Fenando(q.e.p.d.)y , posteriormente, a él. El citado cantar haría referencia a un vecino de la calle Castillo un tanto huraño y celoso de su huerto, sus árboles frutales y, obviamente, sus higueras, colindante aquel con el “Gigante Desdentado”, esto es, con el Castillo. Día y noche, refería Germán, lo vigilaba en aras de protegerlo como su más preciado patrimonio. Así, con cierta burla y socarronería, unos paisanos idearon la estratagema de disfrazarse con unas sábanas blancas, con aspecto fantasmagórico, adornando sus cabezas con unos faroles iluminados y dar un susto de muerte en una de esas noches de vigilia hortelana que acompañaban a tío Pelituerto. Nuestro amigo narrador vivía tan profunda la historia al relatarla que pienso en como nuestra ingenuidad y poca edad contribuirían a darle crédito en esos momentos. Viene esta larga introducción a colación por el hecho de situarnos en la calle Castillo. Si alguien nos preguntara sobre cuál de los tres apellidos, Molano, Pajares o Cambero es el más antiguo de Arroyo lo más evidente es que no nos pusiéramos de acuerdo. Habría, incluso, quien plantearía otros diferentes de aquellos. Y, es más: sería difícil rebatir su argumentación. Algo así acontece con los dos edificios tal vez más antiguos de nuestra villa. Me refiero a la “Casa del Gallo” en la calle Larga (aún puede apreciarse en la fachada, una fecha que podría indicar que es del siglo XII, aunque lo lógico es que sea del XIV), con sus leyendas de un tesoro escondido que siempre nos contaban los más mayores del lugar, con un posible aljibe en el subsuelo y con indicios suficientes para realizar todo un monográfico de la vivienda. El otro inmueble es la “Casa de los Soles”, en el altozano de la calle Castillo. Esta reflexión tiene relación con la aparición, en los primeros años de nuestra democracia, de una galería aledaña a la Casa de los Soles, con motivo de unas obras realizadas en la citada calle. Algunos periodistas acudieron al lugar ante la noticia que, sin fundamento alguno, lanzaron los más idealistas: ¡Una galería que va al Castillo! La realidad fue que se encontró una galería, probablemente del saneamiento de la calle con cierta antigüedad y basamentos e infraestructura muy interesantes. Pero después de unos cuantos metros se comprobó que no conducía a ninguna parte. Que se lo pregunten a Javier Collado “el suave” (el amigo de Pérez Reverte) que se adentró hasta casi ponerse de pie. Otro decepcionado sería José Luis Sánchez(q.e.p.d.). No es de extrañar el idealismo sobre el tema toda vez que, generacionalmente, se nos han transmitido tradiciones y leyendas sobre nuestro pasado tales como la del “caballo de oro” y la galería fechada en el Castillo, o de la” mora parturienta”.; y más aún, de las galerías que conectaban el Castillo y el Convento, y este último con la torre de la Higuera (cerca del Casillas). Muchos se aventuraron a buscar la galería del Desdentado; en otras ocasiones, pienso que sin saber realmente lo que hacían, profanaban tumbas enclavadas en los muros. Todos hemos curioseado de pequeños esos nichos para ver algún fraile o alguna niña con refajo, aún bien conservados. Otras veces hemos presumido de que personalidades tales como Teresa Cervantes, hermana del autor del Quijote (tal y como me reiteró en más de una ocasión nuestro poeta Juan Ramos) se alojara en el mismo.
También, nuestro convento goza de sus leyendas. Los de la “generación de la leche en polvo” vivimos nuestra infancia en la calle, recorríamos las charcas, el castillo y el convento.
Desde niños solíamos visitar, con un adulto, el Convento con el fin de llevar aceitunas, toda vez que en dicha instalación funcionaba una almazara. Estaba situada la prensa al oeste de la nave principal(iglesia)y el resto del molino en sus aledaños, con trojes para albergar las olivas y alguna que otra dependencia para animales. Un aire oleico, impregnado a veces del alpechín que sueltan las aceitunas, no nos hacía renunciar a la idea de recorrer la iglesia y llegar a la “sacristía” que es, en realidad, la capilla de la Inmaculada o del Amarrado. La desamortización de Mendizábal hizo que esta joya religiosa pasara a manos privadas. La familia Bravo era la propietaria en los años sesenta. El señor David y su hijo Ceferino (“Cefe”) con el que alcancé buena amistad, operaban en ese molino aceitero. Mas como Cefe sabía de mi curiosidad por la historia de Arroyo, cierto día me sorprendió gratamente con un regalo que nunca olvidaré. Abrió la puerta que conducía al claustro (que casi siempre permanecía fechada) y observé, por primera vez las dependencias casi derruidas de este austero cenobio, el pozo en el que se echaban, al parecer, bellotas para su conservación. Comenzó a contarme leyendas del lugar con gran entusiasmo. La que mejor recuerdo es la de los “frailes pecadores”. Subimos la escalera hasta la segunda planta (probablemente contó también con un segundo claustro) y, posteriormente, por unas maltrechas escaleras de caracol, al mirador. Mientras subíamos, me hizo contar las cruces dibujadas en la pared. ¡Están hechas con sangre de los frailes pecadores! Cuando un fraile pecaba estaba obligado a darse latigazos y con su sangre se hacían estas cruces, reparó. Mi corta edad y mi ignorancia, tal vez, me hicieron crédulo. Años después, desde ese mirador entendí el romance de “el Fraile y la Hortelana” (la censura lo cambió por un conde). Y no es de extrañar que cualquier miembro de aquella comunidad, en vida contemplativa, no se dedicara a otra cosa que no fuese observar a alguna hermosa arroyana en sus tareas en la huerta, con el sonido de agua atravesando la “grajuela” o “talavana” y el cantar de las alondras. Todo bucólico e idílico. Pecaminoso, que diría la Iglesia. 
Otra leyenda hacía tenía relación con el pozo central del claustro (hoy fechado). Allí se echaban los niños de las madres solteras y pecadoras. He de señalar que hace poco tiempo encontré esta misma historia en un documento de la “Extremadura profunda y misteriosa”. No sé si fue recogida en nuestro pueblo, pero carece de toda fiabilidad máxime con el disparate argumental de la propia leyenda.
Remontándonos algunos siglos quiero resaltar unas pinceladas de nuestro convento. No es necesario entrar en profundidades históricas sobre algo ya muy trillado por autores tales como Serafín Martín (que fuera profesor del instituto arroyano), Antonio Rubio (Ruta de las chimeneas), Mª Victoria Teomiro o nuestro magnífico cronista, Javier. Varias guías y antiguos programas de Feria también lo resaltan. No obstante, quiero reseñar datos que obtuve del archivo de Don Vicente Criado; también, del municipal, siendo alcalde mi compañero Manolo Floriano(q.e.p.d.). 
Hubo dudas sobre la ubicación del convento. Se pensó que la zona de la Soledad era el lugar idóneo “por estar fecha parte de la ermita de san Antón”. Tal vez es zona no daba respuesta al sustento necesario de la comunidad franciscana. Finalmente se decidió el Egido de Palo Santo(llamado así porque, según tradición, fue la zona en la que se sacó el tronco que, a la postre, habría de utilizarse para subir la campana gorda, de mayor envergadura que la actual, a la torre de la Asunción), toda vez que contaba con la ribera de huertas , despensa obligada para los inquilinos que hacían un total de 22. Conformaban la comunidad (año 1593) once sacerdotes, cuatro coristas, cuatro legos(se encargaban de la gestión de talleres, granjas, cocina y, en general dependencias del propio convento), dos donados(portaban hábitos pero no eran religiosos) y un arriero. La función de este último era acoger en la pequeña enfermería del convento a los transeúntes y pobres que se acercaban a la villa, generalmente, por la zona oeste. La “Cruz de Término” (o de la Leche) seria, tradicionalmente, lugar de encuentro. Sin embargo, los frailes de nuestro cenobio contaban con un Oratorio-Enfermería para su sanación. Situado en la vecina capital cacereña, entre la plaza de la Audiencia y la calle Peñas presenta similar decoración en yesería y estilo que el del convento arroyano ,sería inaugurado en 1718 por Fray Manuel Enríquez de Alburquerque, guardián (especie de prior) del convento arroyano, con el fin de atender a los clérigos enfermos en nuestro cenobio. Otros frailes se dedicaban a impartir enseñanza en el propio convento; incluso, en la desaparecida ermita de santa Ana (frente al bar Caracol), donde ejercía su magisterio Fray Miguel de Valencia. A cambio, el consistorio contribuía con el propio convento a la hora de la manutención.
Son bien conocidas las consecuencias que trajo la desamortización con el traslado (1843) del Amarrado y la Purísima a la Asunción; y san Francisco Antonio (que da nombre al convento), un Cristo de la Expiración y san Pedro al santuario de la Luz.
Es a principios de los noventa cuando el Consistorio arroyano adquiere la propiedad de este inmueble por un valor aproximado de 33000 € (cinco millones y medio de las antiguas pesetas). Mucho se habló de una Escuela Taller (muy de moda en la política del momento) en sus instalaciones, pero ahí quedó todo. Más tarde, entre 2000 y 2003 la Junta de Extremadura acometió la restauración de la nave principal o iglesia, así como de la capilla barroca. Y la fachada con el blasón de los señores de Herrera (inicialmente costearon la obra).
El convento generó curiosidad y afición en muchos de nosotros. En mi caso hacía que cada Semana Santa recorriese la “talavana” desde el Castillo hasta el derruido cenobio para acceder por la huerta colindante y subir al mirador o al coro. En este último pasaba días de lluvia, de tormenta… Otras veces nos reuníamos en el Claustro, al caer la noche, al calor del fuego de alguna candela. Curiosamente, en un programa de ferias de los sesenta encontré una descripción magistral implementada en un artículo cuyo autor era el cronista de entonces, don Vicente Criado. En el mismo recomendaba observar una “puesta de sol” desde nuestro cenobio franciscano. Ello me llevó a comprobar su invitación en una tarde de estío. Me subí al mirador (hoy el acceso es complicado toda vez que algún desalmado tuvo la desafortunada idea de derribar parte de la escalera de acceso a la planta superior) y pude contemplar cómo se hunde el Sol en el horizonte, sobre las rastrojeras en dirección a los campos de Araya, con esos tonos anaranjados mezclados con el rojo del atardecer ofreciendo un cromatismo único con una particular luminosidad que bien pudiera haber reflejado el Divino Morales en alguna de sus tablas. Emplázote, pues, lector a disfrutar de esta vivencia en cualquier tarde del estío, abierto el horizonte con el “astro rey” hundiéndose en el abismo del reposo y con los cielos llenos de calma infinita sobre matices azules, rojos y anaranjados. La mente volará rauda hacia los recuerdos de ese fraile prendido de los encantos de cualquier mujer arroyana trabajando la huerta ¡y no es para menos!, sabedor de su imposible correspondencia. O tal vez diera pie a ello nuestra “Pulida Hortelana”. (Dedicado a la Asociación Fotográfica Photones).









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